¿Protesta virtual? Claves para entender este derecho en épocas de pandemia.



Daniela Rojas Investigadora de Temblores ONG


En Colombia vivimos obsesionados con la idea del orden público. El debate alrededor del orden se convirtió en uno de los puntos arquidémicos durante las protestas de noviembre del año pasado, pues es el punto de partida ideológico que distingue a las personas entre ser, por un lado, defensoras del progreso y el reformismo social o, por otro lado, protectoras de la seguridad, la autoridad y el conservadurismo. Es por esta eterna obsesión con el mantenimiento del orden que se cuestiona la protesta social, pues para muchos, supone un rompimiento peligroso de la tan sagrada subordinación frente a la autoridad y convivencia pacífica necesarias para un buen funcionamiento de nuestra sociedad.


Con el brote del COVID-19 en el mundo, el Estado colombiano decidió tomar medidas drásticas de contención con el fin de enfrentar y prevenir los efectos de la pandemia. Por esto, desde el 18 de marzo se declaró el estado de emergencia, y con miras a asegurar un adecuado distanciamiento social, fue imperativo suspender los derechos de reunión y libertad de circulación mediante la imposición de toque de queda obligatorio en todo el país. Tras más de dos meses de iniciada esta cuarentena, la ciudadanía ha tenido que idearse nuevas formas para –sin acudir al contacto físico– hacerle demandas al Estado con la finalidad de lograr la satisfacción de las necesidades más básicas. Por ejemplo, las marchas del día del trabajo fueron repensadas este año, y se llevaron a cabo mediante arengas virtuales que tocaron temas como la pérdida de miles de empleos y la necesidad de asegurar condiciones mínimas de seguridad en el trabajo. Frente a esto, el presidente de la Central Unitaria de Trabajadores –CUT– de Antioquia sostuvo que, a pesar del confinamiento, “la movilización social no se detiene y pasó de la calle a la virtualidad”. Otro ejemplo de este súbito uso de la virtualidad para la protesta son las demandas de cientos de estudiantes de la Universidad Nacional en las que mostraron su inconformismo con la decisión de impartir clases virtuales y se quejaron de no tener herramientas suficientes para acceder a cursos por internet desde sus casas.



Si nos sentamos a discutir sobre derecho, podemos ver cómo la transformación de la protesta física a la virtual ha significado una desnaturalización de lo que tradicionalmente hemos entendido como el derecho de reunión y manifestación pública. La Corte Constitucional ha señalado que este derecho tiene una naturaleza disruptiva y que, a pesar de esto, su protección es determinante para la preservación de la democracia y el pluralismo. En otro pronunciamiento, la Corte Constitucional sostuvo que el derecho de reunión y manifestación pública es en sí mismo conflictivo debido a que implica, necesariamente, la alteración del orden público y derechos de terceros. Así, se refirió a que su naturaleza conflictiva no puede justificar limitaciones a su ejercicio, pues “no se puede considerar el derecho de reunión y manifestación como sinónimo de desorden público para restringirlo”. A lo que voy con esto es que, el alejamiento social ha implicado un reto enorme para la comprensión de este derecho porque modifica el discurso de protesta que históricamente hemos construido, basado en la posibilidad de tener contacto físico e interacción callejera. La realidad de vernos obligados a quedarnos en nuestras casas le ha quitado a la protesta su contenido transgresor y nos ha obligado a mantener el orden en situaciones que muchas veces requieren de lo opuesto. A raíz del COVID-19, la protesta ya no tiene un significado transgresor, chocante y revolucionario, es más bien un discurso organizado, prudente y manso.


Por otro lado, si discutimos sobre los efectos que la pandemia ha tenido sobre nuestra democracia, notamos un cambio frente a la manera cómo vivenciamos la participación ciudadana. No niego que Internet sea de suma importancia para permitir el debate democrático en épocas de pandemia. Sin embargo, pienso en que “la democracia debe ser vivida”, tal y como decía Konrad Adenauer, y me pregunto si la virtualidad puede suplir el rol de las manifestaciones para poner en la mesa debates públicos importantes y para hacer frente a las desigualdades sociales. No podemos negar el rol de la protesta en los regímenes democráticos, pues más allá de otorgar un espacio donde confluyen diversas opiniones e ideologías, también es un mecanismo de control de gobierno y uno de los métodos más eficaces para que los sectores históricamente vulnerados hagan oír su voz y participen en el debate público. Si entendemos que la democracia también se trata de la experiencia vivida y de las interacciones cotidianas, la protesta en Internet reduce significativamente el diálogo de la ciudadanía con el Estado.


A pesar de que la virtualidad se ha apropiado del derecho a la protesta, varias personas se han visto en la necesidad de salir a las calles y violar la cuarentena para hacer oír sus voces. La emergencia sanitaria ha destapado la desigualdad social y el constante olvido del Estado frente a las poblaciones históricamente vulneradas. En el contexto de represión por el uso desproporcionado de la fuerza, la grave crisis penitenciaria y la preocupante situación de migrantes, habitantes de calle, trabajadoras sexuales, vendedores informales y personas LGBTI, la ciudadanía ha tenido que salir de sus casas y reactivar la manifestación pública como último recurso para realizar demandas frente al Estado. Más allá del peligro que supone violar la cuarentena por la exposición al COVID-19, salir a la calle a manifestarse representa un doble riesgo: las personas están sujetas a multas y sanciones por violar el toque de queda, pero también se convierten en blancos fáciles de abuso de la fuerza y arbitrariedad policial.


Además del rol de la protesta y su importancia para las sociedades, genera nostalgia pensar en la ausencia de interacción ciudadana y la añoranza de la protesta física para ver en carne viva lo que es la democracia. Aunque tenemos que acostumbrarnos a la vida virtual y debemos modificar nuestras rutinas para realizar nuestros trabajos, reuniones y fiestas por Internet, la protesta virtual hace que desaparezca el lado cultural y carnavalesco de las manifestaciones, donde las personas se reúnen para manifestar libremente sus opiniones y creencias, pero también para hacerlo al son de la música y el arte y, más importante aún, mediante una fusión plural de personas comprometidas con reivindicaciones progresistas.



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